lunes, 15 de octubre de 2012

En la cima de la fe

     Son las cinco de la tarde y el sol me está pegando en la cráneo desde que salí, cerca del mediodía, de la casa en donde estoy alojado. De tantos años que vengo de visita, esta vez decidí recorrer las calles del centro de Santiago de Chile en bicicleta. Las veredas de Providencia, pulcras y prolijas, con sus bicisendas y disciplinado tránsito, me van llevando de un lado hacia otro, como invitándome a recorrer una travesía. Me voy cruzando con peatones, carabineros, skaters, personas que salen de sus trabajos con cara de querer disfrutar del verano en las playas que tienen a tan sólo dos horas de viaje. Hasta ahora, no más de lo que podría ver en la rutina de Buenos Aires. Pero sigo recorriendo la ciudad y hay algo que no puedo dejar de notar: desde cualquier punto de esta perla crepuscular en donde yo transito, puedo ver, imperturbable, a la Virgen María. Me mira y me llama con su voz y su mirada. Comienzo a pensar si serán mensajes divinos que aparecen por mi condición de ex creyente o si súbitamente me estaré volviendo loco. Ella está en la cumbre de una enorme montaña tupida que a partir de ahora me empieza a atrapar como por una suerte de hipnosis. Sin titubear, me dispongo a cambiar mi recorrido hacia esa dirección.
2da Jornada Concurso por el Cerro San Cristóbal (2010)


- “Es el santuario de la Inmaculada Concepción”, me comenta el boletero del cerro San Cristóbal acerca de esta enorme estatua blanca de la Virgen ubicada en su cima, a 863 metros de altura sobre el nivel del mar.
     Empiezo a sentir que una especie de señal me trajo hasta acá cuando me cuenta que el nombre de esta famosa montaña proviene de San Cristóbal de Licia, patrono de los viajeros.
Anterior a la llegada de los colonizadores españoles a Chile, el lugar donde se encuentra el santuario era venerado por los aborígenes, el cual denominaban "Tupahue", que significa "Lugar de Dios". Por lo que voy notando, muchas personas llegan hasta allí con el propósito de iniciar un peregrinaje, congregarse en actos religiosos u honrar a sus muertos. Hay distintas maneras de ascender hasta allá. Yo ya estoy con mi bicicleta y sigo en mi plan de conocer mientras hago actividad física. No me percato de lo peligroso que puede ser escalar más de 800 metros con una bicicleta plegable. Pero tengo tantas ganas de subir que ni siquiera pienso en la bajada. ¿Qué es lo que me tienta tanto? ¿Por qué voy atolondradamente y ya sin aire a conocer algo que nunca me interesó? A medida que voy escalando metros, esta pregunta se va tornando más incisiva y odiosa en mi cabeza: ¿Qué estoy haciendo? ¿A dónde voy?
     A los primeros 200 metros recorridos cuesta arriba ya estoy deshecho. Hace unos minutos que vengo pensando en abortar mi misión, si es que tengo alguna. Decido frenar para refrescarme y me acerco a un grupo de cuatro o cinco señoras católicas que posan detrás de un casero mostrador de madera laminada en un pequeño valle junto al camino. Me acerco y veo que venden estampitas de algunos santos célebres y fotos del ex Papa Juan Pablo II. La  mayor de ellas, muy rubia y arrugada, me mira con una sonrisa serena y me regala la foto del ex sumo pontífice. Me dice que puedo continuar mi camino a la cima iluminado, ya que el santuario hacia donde me dirijo había acogido a Juan Pablo II cuando bendijo la ciudad en su visita de 1987. Le agradezco por el dato y la foto y me aparto hacia un lado, tomo agua de un bebedero junto a una banquina que da a un panorámico paisaje: desde acá las casas se ven pequeñísimas. Vuelvo a montar en la bicicleta y pedaleo con más confianza y decisión que con la que venía haciéndolo.
Ya no me pregunto más qué estoy haciendo. Aquella teoría propia de que mi presencia en esta roca gigante corresponde a una señal divina, es un hecho certero por entonces. Todo conduce a que deje mi ateísmo de lado y que cuando llegue a la copa del cerro le pida perdón a aquella Virgen que me llamó cuando yo todavía estaba perdiendo el tiempo por ahí, por haber desconfiado de toda su familia. Pero este delirio místico duró hasta que volví a ver por una banquina, ya por la mitad del recorrido, y todo era tan insignificante: yo, las pequeñas casas de papel, la religión y nuevamente mi motivo en la escalada. “¿Qué carajo hago acá?”, me vuelvo a preguntar, ahora en un sentido más filosófico. Me muero de sed, de cansancio y sinceramente no me interesa ni la Virgen Inmaculada ni las sonrisas de los turistas ni los feligreses del San Cristóbal.
      Finalmente llego a lo que vendría a ser una antesala al santuario, a exactamente 100 metros de la cima. Se multiplica drásticamente la cantidad de aventureros: muchos niños corriendo de acá para allá, turistas europeos, viejos acartonados tirados panza arriba, familias probando las delicias de un inédito restaurant a la vera del vacío. Para mi felicidad (o desgracia, no lo sé) me encuentro... ¡conmigo mismo! Había escuchado que le pasó lo mismo a Horacio Ferrer y hasta a Pablo Neruda, y a ninguno de los dos le ocurrió en un momento feliz de su vida. Ya me empieza a cerrar todo, a estas alturas soy un filósofo de amplia trayectoria. Él (mi otro yo) es un pibe como de mi edad, chileno como tantos otros que habitualmente van a pasar el fin de semana al San Cristóbal (¿para qué?). Físicamente es casi lo contrario a mí: estatura más bien alta, los músculos de su torso y brazos bien marcados y piel trigeña. Le pregunto qué hace acá. Sonríe tímidamente y me contesta con una repregunta igual: “¿Y tú que haces aquí?”. Realmente todavía no sé qué hago acá, le respondo. Quizás ése sea mi dilema trascendental. Saber qué hago acá, o allá, o en ningún lugar, pienso resumidamente. Saco mis cigarrillos y le pido fuego. Me dice, con razón, que encienda uno cuando termine de subir: los últimos 100 metros son una empinada cuesta arriba.
- “Cuando estés bajando, si es que no te das cuenta antes, le vas a encontrar el sentido al cerro”, profetiza este ignoto mortal, que para mí ya es como la mismísima Virgen. No sé por qué, pero cruzarme con él me da muchas más fuerzas para seguir. Me paro frente a la recta final. La miro y la estudio. Hasta le hablo y la maldigo. Y ahí voy de nuevo. Pedaleo, escalo, trepo hasta con la bicicleta en andas porque hay hileras de infinitos escalones. ¿Tan tortuosa tenía que ser la visita a “Su Santidad”?
     Subo el último escalón y termina mi sufrimiento, pero veo el de los demás. Unas veinte o treinta personas arrodilladas en el cemento prenden velas a los sepulcros de las cenizas de sus seres queridos, en un memorial que pertenece a una funeraria. Camino unos diez metros más y me topo por fin con el Anfiteatro de la Inmaculada Concepción. Nunca me sentí tan ínfimo en mi vida. Al lado del ícono de la ciudad: una Virgen María de 14 metros de alto parada sobre un pedestal de 8,30 metros y un peso de 36 kilogramos. Desde acá puedo ver la cordillera de los Andes y una panorámica de toda la ciudad de Santiago tapada por smog. Lleno de adrenalina, alzo mi bicicleta frente al abismo, como si hubiera ganado el trofeo a la fuerza de voluntad. La escena es de tal vitalidad que los adolescentes que están ahí sacando fotos empiezan a capturar imágenes mías. Inmediatamente dejo de sentir cansancio y me invade una sensación de plenitud. ¡Ya sé qué hago acá! Me acuerdo en este momento de mi otro yo y me río como un loco. Tenía razón, me doy cuenta ahora que todo valió la pena. Que puedo estar acá o allá pero que lo importante es ir, atreverse. Estoicamente y contra cualquier pronóstico o prejuicio. Saco de nuevo los cigarrillos de mi bolsillo y sin dudarlo se los regalo a los chicos que sacan fotos. Acabo de empezar a superar mi adicción a la nicotina, a pura fuerza de voluntad, la madre de todo ímpetu valiente.
     Desde hace ya más o menos 20 minutos que estoy descendiendo peligrosamente del cerro a unos 40 kilómetros por hora sobre esta bicicleta plegable, que ahora se parece más a una moto o a un caballo troyano. Qué curiosos los designios del destino. De un momento cualquiera para otro, un simple impulso me conduce a un baño espiritual en los manantiales más recónditos y desconocidos de una montaña, o de mi propia imaginación. ¿Qué clase de eventos místicos puede tener la vida? Qué curioso salir en busca de nada y encontrarme conmigo mismo.

Por Matías De Rose.

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