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domingo, 24 de mayo de 2015

Pablo Sepúlveda Allende: "En Chile existe una invisibilización hacia todo lo que fue el proceso de la Unidad Popular"

Nota publicada en Guay, suplemento juvenil del diario Miradas al Sur

Mano a mano con el nieto del ex mandatario chileno
Pablo Sepúlveda Allende: "En Chile existe una invisibilización hacia todo lo que fue el proceso de la Unidad Popular"

Por Matías De Rose
Desde Santiago
Ilustraciones de Nicolás Canobra

Pablo Sepúlveda es hijo de Carmen Paz Allende (la segunda de las tres hijas de Salvador y Hortensia Bussi) y Héctor Sepúlveda. Nació en México (septiembre del '76), producto del exilio de su familia, y se formó en La Habana, Cuba, donde primero estudió fisioterapia y después derivó a medicina, como su abuelo "Chicho". Luego regresó a Chile, donde ejerció en un centro médico público de la ciudad de Coquimbo, al norte del país.
Actualmente trabaja y vive desde hace seis años en Caracas, Venezuela. Pablo es también el nieto que más se parece políticamente a Salvador, y en consecuencia un firme defensor del proyecto socialista en Latinoamérica. Reflexiona sobre las debilidades de la "vía chilena" al socialismo pero las identifica como enseñanzas para los procesos revolucionarios actuales.




-¿Cómo creés que se recuerda a Salvador Allende en Chile? 

"Creo que a Salvador Allende se lo sigue recordando con mucho cariño y admiración. Su imagen no ha parado de renacer y crecer desde su muerte. Sus ideales, su trayectoria política, su ejemplo y su conducta  siguen inspirando a las nuevas generaciones y eso se pudo observar en las recientes luchas estudiantiles y demás luchas populares, donde la figura de Salvador Allende se levantó nuevamente como un referente ético e ideológico.
Creo que su principal legado político fue haber sido un precursor en la posibilidad de realizar la revolución socialista de forma pacífica, ampliando la democracia formal y representativa hacia una democracia económica y radical. Por otro lado también está su consecuencia política, su conducta coherente ante toda circunstancia, su sensibilidad humana y su compromiso con las clases sociales más humildes".

-¿Existe un mecanismo de invisibilización de cierta parte de la ciudadanía o los ámbitos oficiales?

"En Chile existe una invisibilización hacia todo lo que fue el proceso del Gobierno de la Unidad Popular. Es, tal vez, uno de los temas más ignorados en los medios de comunicación y en los ámbitos oficiales. Se habla mucho más sobre el golpe de Estado y las atrocidades la dictadura pinochetista que sobre la experiencia de la Unidad Popular como proceso en la construcción de una nueva sociedad más justa, siendo que en esta experiencia hay grandes enseñanzas y lecciones históricas que es necesario estudiar sobre todo en este tiempo latinoamericano, donde hay cada vez más gobiernos que buscan la transformación de las estructuras económicas y sociales del modelo capitalista".

Considero que también hay desde los ámbitos oficiales, y específicamente desde las cúpulas del actual Partido Socialista de Chile, una distorsión de la figura de Salvador Allende en el sentido que se le ha tratado de vaciarlo de su contenido  más radical y revolucionario, dejando solo una imagen de un  socialdemócrata más que de un político profundamente  revolucionario que luchó a lo largo de toda su vida y hasta el último momento por la construcción de una sociedad más justa".

-Creciste en un entorno en donde debatir la política era parte de lo cotidiano. ¿Qué recuerdos tenés de esas reflexiones? ¿Qué anécdotas te contaban tu madre o tu abuela en relación al día del golpe de Estado?

"Recuerdo la lucha contra la dictadura militar, sobre la atrocidades que cometía el terrorismo de Estado que se ejercía sobre el pueblo chileno, y las formas que se buscaban para difundir sobre las sistemáticas violaciones a los derechos humanos.
Las anécdotas que se relataban sobre Salvador Allende eran generales, sobre todo referentes a su sentido del humor, lo bromista que era con sus amigos, sobre sus gustos personales, su profunda sensibilidad social y su infatigable capacidad de trabajo.
Específicamente sobre el 11 de septiembre mi abuela "Tencha" siempre contaba cómo vivió ese trágico día en la  Residencia Presidencial de Tomás Moro, la cual fue bombardeada por el mismo tipo de aviones que bombardearon el Palacio de la Moneda; ella contaba cómo tuvo que salir 'gateando' entre las bombas y el humo".

-¿Ves similitudes entre la Revolución Bolivariana y el proceso iniciado por la Unidad Popular? 

"Sí, considero que hay grandes similitudes de fondo, más allá de los diferentes contextos  y momentos históricos. La Unidad Popular fue el primer proceso que planteó la transformación de las bases estructurales de la economía capitalista por medios no violentos, realizando los cambios necesarios dentro del marco legal de una institucionalidad burguesa. La Revolución Bolivariana que impulsa el Comandante Hugo Chávez retoma el camino de esa transformación de la sociedad  por mismos cauces legales y democráticos pero también aprendiendo mucho de las debilidades que tuvo la  'vía chilena al socialismo', sobre todo en lo que refiere a la necesaria defensa del proceso revolucionario. Recordemos las palabras que varias veces dijo el Comandante Hugo Chávez: “Esta es una revolución pacífica pero no desarmada”. También el hecho de que la primera gran medida que tomó la Revolución Bolivariana fue llamar a un proceso constituyente para cambiar el marco constitucional y legal heredado, que limitaría el normal desarrollo de los cambios necesarios. En Chile, esa legalidad heredada también dificultó el pleno desarrollo del proceso de cambios".


-¿Y en los mecanismos destituyentes o golpistas entre una época y la otra?

"Claramente también hay muchas semejanzas en las estrategias contrarrevolucionarias que han tratado de derrocar al Proceso Bolivariano con lo que pasó en Chile. Principalmente los golpes de Estado de tipo militar con distinto desenlace, debido a que las Fuerzas Armadas en Venezuela tienen mucha mayor conciencia de clase, identificadas históricamente con las clases sociales populares. No así en Chile, donde las Fuerzas Armadas históricamente han servido a las castas políticas dominantes.
Otra estrategia desestabilizadora que se ha repetido ha sido la guerra económica, con bloqueo económico financiero y comercial, con una escasez provocada a través del acaparamiento de productos, la especulación de precios, sabotaje a la producción y distribución, etc".


 -¿Cómo ves el proceso de integración regional actual? 

"Creo que estos procesos de integración y cooperación Sur-Sur que se han ido consolidando a través del ALBA, UNASUR, MercoSur y CELAC son de vital importancia tanto para sentar las bases de unión y complementariedad, más allá de la diferencias en las tendencias políticas, como para constituirnos como un polo geoestratégico a nivel global. De esta manera se contribuye a la construcción de un mundo multicéntrico y multipolar, cuestión necesaria para una mayor convivencia pacífica basada en el respeto entre las naciones".


¿Cómo ves a la izquierda chilena actual y qué opinás sobre los procesos sociales que se intensificaron a partir del movimiento estudiantil? 

"Me parece que en Chile se llevan adelante muchas luchas importantes y emblemáticas, como la del pueblo Mapuche, la del movimiento estudiantil y otras luchas y construcciones a niveles locales, como en Freirina y Caimanes, entre otras. A pesar de sus grandes dolores y también sus logros y avances,  son movimientos y luchas que se mantienen aún bastante dispersos, y me parece que hay que ir buscando convergencia hacia unos objetivos que respondan a las grandes y pequeñas demandas de la sociedad chilena, las cuales están aflorando cada vez con más fuerza y claridad.
Creo que uno de los grandes logros, sobre todo del movimiento estudiantil, fue a un nivel más profundo al lograr cuestionar el núcleo ideológico y cultural del modelo neoliberal, en el cual el sentido del lucro es parte fundamental de la hegemonía cultural del neoliberalismo. Al lograr deslegitimar el lucro tanto en la educación como en muchos otros ámbitos de las relaciones sociales y económicas se empieza a identificar con más claridad quiénes y de qué formas nos han dominado históricamente, lo cual es fundamental para ir afinando la puntería en las luchas que se vienen".

martes, 15 de octubre de 2013

La última hora de Allende

Artículo publicado en el diario El Ciudadano, de Chile.


“Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir”. “Allende”, por Eduardo Galeano (Memorias del fuego III).
         
           En la mañana gris de ese martes 11 de septiembre, el Palacio de la Moneda, cubierto por enormes columnas de humo negro, es defendido por leales al gobierno de la Unidad Popular: unos cuarenta hombres, entre ministros, amigos y guardia privada del Presidente. Pese a las lloviznas, las llamas no ceden ante los constantes bombardeos de los Hawker Hunter que arremeten sobre el palacio. El general Augusto Pinochet, el almirante José Toribio Merino y el general de aviación Gustavo Leigh, sumado el jefe de la policía César Mendoza, difunden desde otro punto de Santiago la primera proclama del golpe a través de las radiodifusoras. Le exigen al Presidente que se rinda. En la planta alta, Salvador Allende permanece sereno y determinado en su despacho del Salón Independencia.
-”¡El Presidente no se rinde!”, les rebate Allende a los golpistas, haciendo de su voluntad una fatalidad. Esa determinación es el resumen de su vida política y de su tragedia.
          La escena, suministrada de la realidad con minuciosa verosimilitud, es la primera de Allende, la muerte de un presidente, el unipersonal escrito por el argentino Rodolfo Quebleen. La obra se estrenó en el 2006, en los teatros de Nueva York. Dos años más tarde se trasladaron a la República Bolivariana de Venezuela, donde realizaron más de 200 funciones en varias ciudades del país. El día del estreno, en Caracas, estuvo presente el entonces Presidente Hugo Chávez. Al finalizar la función, el bolivariano subió al escenario y se identificó con Allende: “Mi destino es mi pasado”, dijo, citando una frase del guión. En los últimos dos meses, la obra, interpretada ahora por Jorge Booth, permanece en la cartelera del Teatro La Máscara, de Buenos Aires.
             Allende, la muerte de un presidente refleja la última hora de vida del mandatario chileno, aturdido, traicionado y sin poder político. Apenas un escritorio en escena. Sobre su superficie reposan algunos libros, un velador y dos teléfonos; en un extremo del cuarto hay un tablero de ajedrez, en el otro un asta con la bandera de Chile. Se ve un Salvador Allende particularmente solo y decepcionado. Comprende que aquel golpe tan anunciado explotó finalmente para evitar que pudiera concretar su proyecto de convocar a un plebiscito, en un intento por ratificar la soberanía de la Unidad Popular al frente del Gobierno elegido democráticamente. Se arrepiente por haber creído que las condiciones de lo que pretendía ser una “vía chilena” permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa.
              Para escribir este monólogo, Quebleen desarrolló una intensa investigación de arte antropomórfico. Busca, en este texto, establecer qué pensó y cómo actuó el mandatario en esa hora final, acorralado en una Moneda que se hacía cenizas. Utiliza anécdotas y pasajes reales de la vida del Presidente, basándose en grabaciones, testimonios de sobrevivientes y en el propio archivo de la CIA que Bill Clinton mandó desclasificar. El autor, que empezó su carrera como periodista en los años ‘60, tuvo la oportunidad de reportear a Salvador Allende en Estados Unidos, mientras cubría un congreso de las Naciones Unidas para el periódico ABC, de Madrid.
             “Salvador Allende estaba más allá de los partidos y las doctrinas políticas”, considera el dramaturgo rosarino. Y estima que “participó en el juego porque es el medio para lograr el poder necesario para desarrollar proyectos propios o compartidos con los cuales estaba identificado”.
            Cree que Allende tenía buena muñeca para la política, pero que la ejercitaba sólo para retornar al pueblo lo que le correspondía. También piensa que tomaba decisiones apresuradas y que eso lo enfrenta con su imagen de buen estadista. Divide al terreno de la política -y a sus interlocutores- en dos: “aquella y aquellos que practican la política sólo como tal y quienes lo hacen en función del pueblo, de la defensa de su autodeterminación, de su bienestar y dignidad, y trabajan por su redención cuando es necesario”.
            La historia de un país no se puede traicionar con cobardías. Ninguno de los que asaltó la casa de gobierno llegó al poder con el coraje de Jose Miguel Balmaceda, por ejemplo, y Allende, identificado con él, lo reivindica con su propia muerte. “En mi caso -continúa Quebleen- más allá de una ideología, está mi identificación con el proyecto de Allende. Su muerte me impactó y fue como un fantasma que me persiguió, sin saber que en realidad era un duende que peregrinaba, tratando de sobrevivir a la muerte. Paradójicamente, su muerte es muy importante para América Latina. Podríamos decir: gracias por morir en La Moneda. Porque en el instante mismo que sacaban tu cuerpo los bomberos, renacías para alimentar esperanzas”.

Un final a medias
          Booth es un actor de experiencia en el teatro, el cine y la televisión argentina. Pero está visiblemente compenetrado con el ex Presidente chileno, cuya figura, admite, le apasiona. Minutos después de la función, sale a la antesala del Teatro La Máscara -que está ubicado entre las calles Chile e Independencia- con una polera con la cara de Salvador Allende. Saluda a un grupo de diez o doce personas que aguardaban hasta el final para felicitarlo y comentarle sobre su parecido físico al emblemático líder de la UP.
          “Es una responsabilidad muy grande encarnar un personaje así”, se sincera. “Es pesado, uno siempre se pregunta si estará a la altura de las circunstancias. Hasta ahora, por las críticas y por la emoción que se ve en el público, supongo que estaremos haciendo las cosas bien. Realmente lo hago con muchísimo amor”, observa el actor, encargado de interpretar uno de los momentos más trágicos de la historia política sudamericana.
          “Leí libros y vi documentales sobre Allende. Hasta estuve en Chile: recorrí el museo de la memoria, donde todavía están sus anteojos partidos por la mitad y algunas de sus fotografías. Estuve empapándome del clima de Santiago. Pasé por la fundación Salvador Allende, donde me entregaron una carta en apoyo al proyecto. Quedé encantado con Chile y con este personaje maravilloso”.
          A lo largo de la alocución, el personaje se va metiendo en temas personales: sus amores e ideales, la bronca, la traición. Las luces de la sala ocupan también un papel comunicativo, dotando al auditorio de claroscuros que van generando tensión entre las propias butacas.
          “Es una figura enorme. Debería ser mucho más reconocida en Chile. Dio su vida para defender sus ideales y eso no lo hacen muchos. Cuando las papas quemaron, escaparon muchos líderes políticos. Pero Allende, no. Más allá de que alguien pueda estar de acuerdo o no con sus ideas políticas, no se puede dejar de reconocer que era un tipo honesto, derecho y que murió con las botas puestas. Sus ideas hasta el final. No dio el brazo a torcer”.
          En cuanto al final de la obra, preferimos dejar con dudas al lector, así como el elenco y este cronista las tiene respecto al final del propio Allende. Un final a medias. Porque aprendimos que la historia la hace el pueblo. Allende tiene esperanzas en Chile y en su destino. En el hombre libre, que dice: “yo no renuncio”, y paga con su vida la lealtad.
Por Matías De Rose