martes, 15 de octubre de 2013

La última hora de Allende

Artículo publicado en el diario El Ciudadano, de Chile.


“Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir”. “Allende”, por Eduardo Galeano (Memorias del fuego III).
         
           En la mañana gris de ese martes 11 de septiembre, el Palacio de la Moneda, cubierto por enormes columnas de humo negro, es defendido por leales al gobierno de la Unidad Popular: unos cuarenta hombres, entre ministros, amigos y guardia privada del Presidente. Pese a las lloviznas, las llamas no ceden ante los constantes bombardeos de los Hawker Hunter que arremeten sobre el palacio. El general Augusto Pinochet, el almirante José Toribio Merino y el general de aviación Gustavo Leigh, sumado el jefe de la policía César Mendoza, difunden desde otro punto de Santiago la primera proclama del golpe a través de las radiodifusoras. Le exigen al Presidente que se rinda. En la planta alta, Salvador Allende permanece sereno y determinado en su despacho del Salón Independencia.
-”¡El Presidente no se rinde!”, les rebate Allende a los golpistas, haciendo de su voluntad una fatalidad. Esa determinación es el resumen de su vida política y de su tragedia.
          La escena, suministrada de la realidad con minuciosa verosimilitud, es la primera de Allende, la muerte de un presidente, el unipersonal escrito por el argentino Rodolfo Quebleen. La obra se estrenó en el 2006, en los teatros de Nueva York. Dos años más tarde se trasladaron a la República Bolivariana de Venezuela, donde realizaron más de 200 funciones en varias ciudades del país. El día del estreno, en Caracas, estuvo presente el entonces Presidente Hugo Chávez. Al finalizar la función, el bolivariano subió al escenario y se identificó con Allende: “Mi destino es mi pasado”, dijo, citando una frase del guión. En los últimos dos meses, la obra, interpretada ahora por Jorge Booth, permanece en la cartelera del Teatro La Máscara, de Buenos Aires.
             Allende, la muerte de un presidente refleja la última hora de vida del mandatario chileno, aturdido, traicionado y sin poder político. Apenas un escritorio en escena. Sobre su superficie reposan algunos libros, un velador y dos teléfonos; en un extremo del cuarto hay un tablero de ajedrez, en el otro un asta con la bandera de Chile. Se ve un Salvador Allende particularmente solo y decepcionado. Comprende que aquel golpe tan anunciado explotó finalmente para evitar que pudiera concretar su proyecto de convocar a un plebiscito, en un intento por ratificar la soberanía de la Unidad Popular al frente del Gobierno elegido democráticamente. Se arrepiente por haber creído que las condiciones de lo que pretendía ser una “vía chilena” permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa.
              Para escribir este monólogo, Quebleen desarrolló una intensa investigación de arte antropomórfico. Busca, en este texto, establecer qué pensó y cómo actuó el mandatario en esa hora final, acorralado en una Moneda que se hacía cenizas. Utiliza anécdotas y pasajes reales de la vida del Presidente, basándose en grabaciones, testimonios de sobrevivientes y en el propio archivo de la CIA que Bill Clinton mandó desclasificar. El autor, que empezó su carrera como periodista en los años ‘60, tuvo la oportunidad de reportear a Salvador Allende en Estados Unidos, mientras cubría un congreso de las Naciones Unidas para el periódico ABC, de Madrid.
             “Salvador Allende estaba más allá de los partidos y las doctrinas políticas”, considera el dramaturgo rosarino. Y estima que “participó en el juego porque es el medio para lograr el poder necesario para desarrollar proyectos propios o compartidos con los cuales estaba identificado”.
            Cree que Allende tenía buena muñeca para la política, pero que la ejercitaba sólo para retornar al pueblo lo que le correspondía. También piensa que tomaba decisiones apresuradas y que eso lo enfrenta con su imagen de buen estadista. Divide al terreno de la política -y a sus interlocutores- en dos: “aquella y aquellos que practican la política sólo como tal y quienes lo hacen en función del pueblo, de la defensa de su autodeterminación, de su bienestar y dignidad, y trabajan por su redención cuando es necesario”.
            La historia de un país no se puede traicionar con cobardías. Ninguno de los que asaltó la casa de gobierno llegó al poder con el coraje de Jose Miguel Balmaceda, por ejemplo, y Allende, identificado con él, lo reivindica con su propia muerte. “En mi caso -continúa Quebleen- más allá de una ideología, está mi identificación con el proyecto de Allende. Su muerte me impactó y fue como un fantasma que me persiguió, sin saber que en realidad era un duende que peregrinaba, tratando de sobrevivir a la muerte. Paradójicamente, su muerte es muy importante para América Latina. Podríamos decir: gracias por morir en La Moneda. Porque en el instante mismo que sacaban tu cuerpo los bomberos, renacías para alimentar esperanzas”.

Un final a medias
          Booth es un actor de experiencia en el teatro, el cine y la televisión argentina. Pero está visiblemente compenetrado con el ex Presidente chileno, cuya figura, admite, le apasiona. Minutos después de la función, sale a la antesala del Teatro La Máscara -que está ubicado entre las calles Chile e Independencia- con una polera con la cara de Salvador Allende. Saluda a un grupo de diez o doce personas que aguardaban hasta el final para felicitarlo y comentarle sobre su parecido físico al emblemático líder de la UP.
          “Es una responsabilidad muy grande encarnar un personaje así”, se sincera. “Es pesado, uno siempre se pregunta si estará a la altura de las circunstancias. Hasta ahora, por las críticas y por la emoción que se ve en el público, supongo que estaremos haciendo las cosas bien. Realmente lo hago con muchísimo amor”, observa el actor, encargado de interpretar uno de los momentos más trágicos de la historia política sudamericana.
          “Leí libros y vi documentales sobre Allende. Hasta estuve en Chile: recorrí el museo de la memoria, donde todavía están sus anteojos partidos por la mitad y algunas de sus fotografías. Estuve empapándome del clima de Santiago. Pasé por la fundación Salvador Allende, donde me entregaron una carta en apoyo al proyecto. Quedé encantado con Chile y con este personaje maravilloso”.
          A lo largo de la alocución, el personaje se va metiendo en temas personales: sus amores e ideales, la bronca, la traición. Las luces de la sala ocupan también un papel comunicativo, dotando al auditorio de claroscuros que van generando tensión entre las propias butacas.
          “Es una figura enorme. Debería ser mucho más reconocida en Chile. Dio su vida para defender sus ideales y eso no lo hacen muchos. Cuando las papas quemaron, escaparon muchos líderes políticos. Pero Allende, no. Más allá de que alguien pueda estar de acuerdo o no con sus ideas políticas, no se puede dejar de reconocer que era un tipo honesto, derecho y que murió con las botas puestas. Sus ideas hasta el final. No dio el brazo a torcer”.
          En cuanto al final de la obra, preferimos dejar con dudas al lector, así como el elenco y este cronista las tiene respecto al final del propio Allende. Un final a medias. Porque aprendimos que la historia la hace el pueblo. Allende tiene esperanzas en Chile y en su destino. En el hombre libre, que dice: “yo no renuncio”, y paga con su vida la lealtad.
Por Matías De Rose

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